“Consideraciones sobre el significado de La Navidad”Podremos estar de acuerdo o no con este artículo, pero me parece sabio considerar algunas de estas cosas a la luz de la Palabra de Dios.
Hay algo que se puede admirar en los judíos, el alto nivel de conciencia que tienen de sí mismos como pueblo escogido. Asimismo, se puede apreciar en el pueblo judío, el empeño y la convicción con que se apegan a sus tradiciones religiosas. Dichas tradiciones religiosas se han quedado prácticamente intactas e inalterables a través de los siglos.
Precisamente, en Israel ahora, se está debatiendo el gran tema sobre ¿Quién es realmente judío? Este tema se ha convertido en un proyecto que está en discusión en el Parlamento israelí. Se analiza la posibilidad de dictar una ley que establezca claramente “cualquiera que quiere ser aceptado como judío en Israel, deberá no solamente serlo de nacimiento sino también profesar una fe completa en el judaísmo.”
Los cristianos evangélicos, en cambio, siendo el pueblo auténtico de Dios, han sido, en este sentido, más vulnerables que los judíos y se han dejado, muchas veces, arrastrar por las fuerzas de las circunstancias a lo largo de los tiempos. Han sucumbido, a menudo, a la tentación de montarse en el gran barco del mundo. Han levantado la bandera blanca de rendición bajo el golpeo feroz del paganismo y han caído a las sombras de las tradiciones y costumbres de las naciones en las que les ha tocado vivir como peregrinos. En otras palabras, no han sabido, en muchos aspectos, conservar sin mancha la doctrina que recibieron de Jesucristo.
Uno de los puntos que demuestra que muchos cristianos no han sabido desligarse completamente del paganismo, es la participación masiva de los creyentes en la Fiesta de la Navidad. Por tanto, nos toca ver de dónde vino la Navidad y cuál actitud deberá tener el verdadero creyente frente a ella.
La palabra navidad viene del latín “Natalis-Dies” que significa “Día de nacimiento”. La Navidad es, por definición, la fiesta que conmemoramos el nacimiento de Jesucristo, y se celebra el día 25 de diciembre de cada año.
Esta celebración, como se podrá verificar fácilmente con los datos disponibles en cualquier librería o biblioteca, no tiene un origen bíblico. En Occidente empezó a celebrarse cuando por orden del poder eclesiástico de aquel tiempo, se buscó y se puso una fecha oficial a la Navidad a mediados del Siglo IV (después de Cristo). Esta festividad surgió como resultado de un esfuerzo para contrarrestar el impacto de la fiesta pagana de la “Salida del Sol”, muy arraigada en la Europa pagana de aquel tiempo.
En efecto, las tribus del norte de Europa, solían celebrar la fiesta mayor del “Solsticio” o “fiesta del renacimiento del sol” que se llamó de esta manera justamente por la creencia de que el sol “renacía” en el invierno. En los días 21 ó 22 de diciembre, el sol alcanza su punto eclíptico más distante del ecuador celeste, lo que hace que en esos días, el sol alumbre con mayor resplandor durante todo el año, y pasada esta fecha, se consideraba el principio del nuevo ciclo solar como un “renacimiento del sol”.
Por otra parte, los romanos tenían también en la misma fecha sus “Saturnales” o “fiesta dedicada a Saturno” (dios de la agricultura y de la renovación del poder del sol). Nació entonces la voluntad de contrarrestar la fuerza de estas tradiciones ya establecidas en esa parte de Europa. Para lograr que el “cristianismo” tuviera un mayor significado e impacto sobre los paganos, se originó la idea de festejar el nacimiento de Jesús como “luz del mundo” a la par con la celebración de la fiesta del solsticio de invierno. Esta idea se materializó y, por ende, se logró el objetivo deseado, puesto que, al pasar de los años, la fiesta de la Navidad se impuso en Europa y luego al mundo.
El verdadero cristiano, sin embargo, teniendo el deseo de agradar al único Dios vivo y no queriendo traspasarse de los límites que le impone la Palabra del Señor, indagará con sumo cuidado en las Santas Escrituras para encontrar allí la correcta perspectiva sobre el tema y así forjarse convicciones realmente bíblicas al respecto.
Después de haber escudriñado la Biblia e investigado con relación al tópico que nos incumbe, hemos llegado a las siguientes conclusiones:
1. Que el Señor Jesucristo nunca enseñó o comisionó a los apóstoles a que festejasen su natalicio (Jn. 13:34).
2. Que el Señor Jesucristo, muy por el contrario, criticó fuertemente las tradiciones y prácticas paganas que los hombres han pretendido incorporar en los mandatos de Dios (Mr. 7:1-9).
3. Que los primeros apóstoles (entre los más destacados están, Pedro, Jacobo, Juan, Pablo) así como los hermanos de la iglesia primitiva, nunca enseñaron o practicaron tal fiesta (Hch. 11:23-26).
4. Que las dos únicas ordenanzas o fiestas, en este sentido, que dejó el Señor Jesús para su iglesia son: el bautismo (por inmersión) y la Santa Cena (Mr. 16:16; 1 Co. 11:23-26).
5. Que Dios nunca ha puesto una fiesta universal, para que tanto su pueblo, los creyentes, como los inconversos participasen juntamente (2 Co. 6:17-18).
6. Que la Navidad está formada de elementos que chocan directamente con los principios bíblicos más elementales como son:
(a) La mentira. Durante la Navidad, los padres mienten a sus hijos haciéndoles creer que una persona llamada Santa Claus en algunos lugares, y los supuestos reyes magos en otros, vendrán a su hogar a depositar regalos a los pies del famoso “arbolito de Navidad” (Éx. 20:15).
(b) El robo. Son incalculables las cuantiosas ganancias que hacen los negociantes durante la temporada navideña llamadas con justo título “temporadas altas”. Esas exorbitantes plusvalías se hacen, justamente en nombre del natalicio del Señor por todos aquellos que, de una forma u otra están involucrados en asuntos de negocios, incluyendo a empresarios que se dicen cristianos. (Éx. 20:15; Mt. 6:19-31).
(c) El adulterio. La acumulación de pecados e inmundicias, y la euforia general, que se registra en este tiempo específico, no es comparable con ningún otro período del año. Los dueños de prostíbulos se frotan alegremente las manos con tan solo pensar en las jugosas entradas de dinero que harán cuando ya se acercan las “noches oscuras de las pascuas navideñas” (Éx. 20:14).
(d) La envidia. La tragedia y frustración que representa en el mundo de los niños (los niños pobres) el hecho de no recibir el regalo deseado o ningún regalo, hace un día malo de la noche buena (Éx. 20:17).
(e) La infidelidad a la Biblia. El uso en innumerables lugares del famoso “arbolito de Navidad”, que aunque pueda ser atractivo como adorno, es imposible en un hogar cristiano, porque sencillamente no tiene su lugar en la Biblia. El arbolito de Navidad es el símbolo más sagrado del paganismo navideño. ¡No importa de dónde saliera ni quien lo inventara, es extra bíblico! (Dt. 12:32).
7. Que el celebrar o perpetuar los natalicios humanos no es la enseñanza bíblica. El más famoso “cumpleaños” o aniversario mencionado en la Palabra de Dios está relacionado directamente con la muerte de Juan el Bautista (Mt. 14:1-6).
8. Que no hay evidencias bíblicas de que el Salvador del mundo nació un 25 de diciembre. De hecho, Jesús no nació un 25 de diciembre como se quiere hacer creer. Hay datos concretos que demuestran que el frío invernal de Palestina (máximo 3.9 grados) no habría permitido a los pastores y sus ovejas estar al aire libre cuando recibieron la noticia del nacimiento del niño Jesús como lo describe Lucas 2:8. Por tanto, es imposible que Cristo haya nacido un 25 de diciembre.
9. Que esta festividad, la cual se oficializó junto con las pascuas y Epifanía, fue la hija mayor de Babilonia quien la engendró en el Siglo IV, en el mismo momento en que el obispo de Roma o papa (del griego “pappas”=padre) promulgaba su nefasto edicto para “cristianizar” (como ya explicamos) la fiesta pagana del sol invencible (Invictis Solis). (Dt. 13:6-7; Jue. 2:12)
10. Que el hecho de que Dios se haya hecho carne, en un momento histórico, no avala las pretensiones vaticanas de reclamar a María como “Madre de Dios”, siendo ella madre de Cristo. Tampoco se justifican las pugnas de Roma por presentar a Cristo como el “eterno niño Jesús”, lo que ha llevado a millones de niños a creer firmemente que Jesús vuelve a nacer todas las Navidades. Esas creencias se han perpetuado merced, en gran parte, al “terreno fértil” de la Navidad y a los esfuerzos bien dirigidos de quienes trabajan sin descanso para que María sea vista como la “eterna madonna” del género humano. (Lc. 2:49)
11. Que todos los esfuerzos y el ministerio del apóstol Pablo no giraron en torno a la presentación de la gráfica de un niño Jesús, acostado en un pesebre sino que Pablo siempre predicó a Cristo crucificado quien tiene que nacer en el corazón de cada individuo para ser salvo. Este sentir de Pablo debe ser también el sentir de todo verdadero creyente que entiende que lo propio no es que la gente festeje el nacimiento de Cristo sino que experimenten el nuevo nacimiento en Cristo; en consecuencia, el cristiano auténtico no debe, bajo ningún concepto, celebrar tal fiesta, porque “su Navidad”, en este sentido, fue sencillamente el día en que Cristo nació en su corazón; esto es, el día feliz y gozoso en que se convirtió y fue regenerado por Cristo Jesús (2 P. 1:19; Mt. 13:44; Jn. 3:3-8; Jn. 16:21; Stg. 1:18; 1 Co. 5:7-8).
La sabia actitud, pues, a tomar por todos los verdaderos cristianos es la de apartarse completamente de esta festividad que no ha dejado de ser pagana. La cordura debe imponerse en el corazón de cada creyente para que en esos días prosiga con sus actividades normales sin dejar que los dictados del mundo y las interferencias del carnaval navideño alteren su paz (1 Jn. 2:15).
Puesto que no hay base bíblica para demostrar que la celebración de la fiesta de la Navidad tiene la aprobación de Dios ¿cómo se justifica la presencia del arbolito de Navidad en la casa de los cristianos? Lo que mueve, al parecer, a algunos miembros de iglesias cristianas a persistir con tal práctica son los gratos recuerdos que todavía están en la mente de muchos de ellos y les impiden ver la fuerte dosis de paganismo que contiene la Navidad. Son los dulces recuerdos de la infancia, los recuerdos del tiempo de los juguetes, los recuerdos de la música navideña, los recuerdos de las cantatas, los recuerdos de los regalos, los recuerdos de la mesa de la noche buena y los recuerdos de la alegría que hay en las calles, que siguen atrayendo a los discípulos de Cristo.
Es también el temor a contradecir a la gran mayoría y ser visto como locos y personas extrañas y apartadas por el temor del “qué dirán”, el temor de romper con las tradiciones, el temor psicológico que genera un ambiente que arrastra hasta al más fuerte, es sobre todo el fatal temor a la soledad y al aislamiento, que hace que los cristianos complazcan al mundo a final de cada año.
Amado hermano, si Cristo viene en los días de un fin de año, ¿en qué te encontrará? La noche está avanzada. Oremos y velemos. Estemos apercibidos. ¡Maranatha! AMÉN