
No lo describo porque otros lo hayan hecho. Esta es mi verdad y la presento acerca de aquel que de manera personal y perfecta lo hizo.
El Dios que conozco me dio la certeza de que soy su hijo, el más preciado de muchos, y siendo el más inmerecido me apartó para acercarme a Él.
El Dios que conozco me busco para salvarme sin que yo lo hiciera. Me mostró el camino de la vida y me advirtió sobre el sendero de la muerte.
El Dios que conozco puso cuidado en mis desdichas y me otorgó los dichos de su boca y lo medité en mi corazón. Puso nueva manera de cantar. Pude lograr cosas imposibles y encontrar el perdón y la verdadera paz.
El Dios que conozco es el más sincero verdadero y eterno ser que puede superar toda situación y mejorarla. Lo pude conocer y sé que es lo mejor para mí.
El Dios que conozco no demanda de mi sacrificio que daría. No demanda que pague por mi libertad. No requiere que haga millas y millas para cumplir lo que le prometí. No me quiere ver solo hablar de Él delante de muchos sino más bien cuando estoy frente a Él.
El Dios que conozco no desea verme brincando para demostrar que lo amo, que le sirvo, o que le adoro. Él más bien anhela verme postrado, humillado, reconociendo mis faltas ante su presencia y percibiendo mi ingratitud por su gratitud.
El Dios que conozco me ve en todo tiempo y debo verlo igual. Por ello si delante de Él no levanto mis manos, no puedo hacerlo ante muchas personas, si no doblo mis rodillas ante Él no lo haría frente a muchos, sino salto a solas en mi cuarto, tampoco puedo importunar ante los demás, sino caigo en secreto por la unción de su poder, menos puedo hacerlo en público. Porque el Dios que conozco se complace en hacer que todas las cosas sean ordenadas y no salgan de su lugar, pues en Él, todo es orden, serenidad, verdad y justicia. Puedo moverme ante todos como sé que es mi Dios y no inventar lo que Él no es.
El Dios que conozco se complace en bendecir a los que le buscan y le sirven de corazón arrepentido. Le aman, le adoran, le alaban y le rinden toda la honra que Él solo merece.
El Dios que conozco no pide que me inmole por Él. No pide que mate por Él. No pide que sea rico por Él. No pide hacer kilómetros por Él. No pide que sea un camicace. No pide que me bañe en un río para lavar mis errores. No pide que corte mi cuerpo y experimentar dolor solo para considerar que así mitigo mi mal. No pide que me concentre ante figuras. No pide que envicie mi salud. Él solo quiere de mí, la obediencia, que lo ame, que le rinda mi honor, que crea que Él envió a su hijo a morir en la cruz para salvarme dándome vida eterna.
El Dios que conozco no me obliga a hacer las cosas. Él me habla con ternura. Me enseña desde la mañana y en la noche ilumina mi andar. Me acompaña todo el tiempo y no me reprocha. Me pide justicia, juicio y amor.
El Dios que conozco me libra de los terrores desiertos. Me dirige hacia un buen lugar. Me cobija y el frío no congela mis pasos. Me lleva por alturas dándome seguridad y sosiego diciéndome; YO SOY TU DIOS Y TU ERES MI HIJO EN TI TENGO COMPLASENCIA.
Si el Dios que conozco es amor, puedo amar. Si el perdona puedo perdonar. Si él llora por los que se pierden puedo hacer lo mismo. Si Él da todo de sí sé que lo haré. Si Él se conmueve por los que mueren sin esperanza debe haber el mismo sentir en mí. Si Él tiene misericordia porque yo no. Si él dio su vida po mi, como no pedo entregarme completamente por Él.
Este Dios que conozco vive y Él existe desde; “AYER HOY Y POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS” Se que tú también podrás disfrutar de su gracia y conocerlo así.
Rodolfo E. Guerra